viernes, 16 de marzo de 2012



Tan acostumbrados estamos ya a estos comentarios previos a las lecturas de la misa, sobre todo dominical,  que de alguna manera damos por ya sabido algo de lo que a lo mejor nunca nos hemos preguntado o no nos han explicado con alguna seriedad.
Me permito, pues, algunas reflexiones a manera de aportación, con la esperanza de provocar un diálogo que sea para todos iluminador, no sin antes pedir perdón si por ahora no me apoyo en algún documento de la Iglesia en particular, lo que daría mayor legitimidad a mis dichos, lo reconozco.
Es interesante empezar remitiéndonos al origen latino de esta palabra. En efecto, nuestro término en español, monición, viene del latín “monitio”, que significa “aviso, advertencia”. Pero más interesante saber que el término español “monitor”, viene del latín “monitor-oris” y significa: el que recuerda o avisa; el guía o consejero; el ayudante de un abogado; o el esclavo que acompañaba a su señor para recordarle los nombres de las personas que iban encontrando. Interesante, verdad?
Así que la monición es algo así como un aviso o advertencia (en español estas 2 palabras pueden   ser usadas con connotaciones muy distintas, siendo el aviso algo que nos suena más amistoso que una advertencia) y el monitor es el guía que recuerda o avisa, el ayudante…o el esclavo.
Bajo estos sencillos presupuestos entremos al tema de nuestro interés: ¿qué son las moniciones en misa a la Palabra de Dios? Claro que bajo la pregunta sobre “qué son” se esconde y manifiesta el interés de comprender mejor el “para qué sirven”.
Les adelanto de inmediato mi afirmación central sobre las moniciones:
Las moniciones son breves anuncios del
contenido de la Palabra que se proclamará.

Muchos se valen de las moniciones  para contextualizar el texto en su ambiente histórico o literario, por ejemplo. Lo más común es que oigamos moniciones que pretenden ser explicaciones o resúmenes del texto que escucharemos…aunque a veces la monición sea más larga que el texto. En estos casos no es raro escuchar a la vez una exhortación moral sobre la necesidad de cambiar nuestras malas conductas.
Personalmente creo que no debe ser así:
-- La monición no tiene la finalidad de resumir o explicar el texto bíblico. No, en principio. Pero el bien pastoral puede aconsejar hacerlo así en circunstancias especiales, cuando sabemos que vamos a contar en determinadas misas con gran cantidad de personas que no suelen asistir frecuentemente. Tal es el caso del miércoles de ceniza, la misa de navidad y fin de año, misas de graduaciones o15 años. En todos estos casos y muchos otros, lo importante es el bien pastoral de los asistentes a la liturgia. Y bien puede ser que este bien pastoral justifique moniciones explicativas o de resumen de los  textos.
-- Jamás las moniciones deben ser utilizadas con motivos moralizantes, para hacernos ver lo malos que somos ante la bondad del mensaje de la Palabra. Eso sí que es un craso error.
-- El uso de las moniciones para contextualizar el texto en su ambiente histórico o literario, por usar dos ejemplos, es algo que hay manejar con prudencia. Pocas veces viene al caso. La ambientación histórica podría utilizarse en una muy rápida mención para decir que el texto fue escrito, digamos, en un momento de destierro, de gran hambruna, de guerra y destrucción, de exilio o retorno del mismo. No creo que valga la pena detenerse a mencionar que fue escrito en el siglo tal o en tal época de la historia. Eso me suena más a vanidad de quien la elabora… o a relleno en la monición, no teniendo nada más importante que decirnos. La contextualización literaria ayuda en textos como el Apocalipsis. Pero esto supone en la asamblea eucarística un conocimiento de los géneros literarios. Y la gente que va a misa en las parroquias no lo suele tener, ¿verdad?

Ya dije anteriormente que desde mi punto de vista, “las moniciones son breves anuncios del contenido de la Palabra que se proclamará.”
La palabra clave es: anuncio.
Y me explico: las moniciones son a la Palabra lo que el relámpago es a la lluvia: el relámpago no es la lluvia, pero la anuncia ¡Ya sé que no siempre que relampaguea, llueve! Pero no nos detengamos en detalles climatológicos. Es solo un ejemplo, ilustrativo y limitado.
Lo que quiero decir es que la monición tiene la función principal de llamar la atención (relámpago) sobre lo que se viene (lluvia). Un relámpago te hace caer en la cuenta, una monición te prepara, te dispone, despierta  tu apetito y tu interés en lo que escucharás. Las moniciones a la Palabra de Dios en misa son útiles y valiosas solo en la medida en que ayudan a despertar el interés de los oyentes en la Palabra de Dios.
Y eso es todo. Nada de resumir, nada de explicar. La monición no es ni una mini homilía ni una exhortación, menos una ilustrada  clase sobre biblia o moral. Y naturalmente, no son indispensables. Bien podrían ser sustituidas por mantas, carteles o frases colocadas en el templo y que de igual manera anunciaran o prefiguraran lo que la Palabra comunicará. Y bien podría no haber moniciones y no pasa nada con la liturgia. En todo caso, bien vale esta frase que encontré en la muy interesante enseñanza sobre las moniciones en la página web Apostoloteca, que cite antes en una nota al pie de página: “Para invitar al pueblo a una escucha atenta y contemplativa de las lecturas bíblicas resultará más eficaz una auténtica proclamación de la Palabra que la mera multiplicación de moniciones.”
Sabiendo lo anterior, es entonces fácil comprender las características esenciales de la monición:
1.      Brevedad: esto es esencial ya que  obliga a quien las elabora a saber decir en pocas palabras lo que                  en verdad interesa decir. En mi caso personal, procuro (a veces con poco éxito) que la                      monición no se lleve más de tres líneas. Todo lo que pase de es espacio, sale sobrando.                           Esa es mi norma. Y si se puede menos de 3 líneas, ni que mejor.
2.      Claridad: fruto, precisamente, de la brevedad. Las palabras, el lenguaje, las imágenes, los                               ejemplos, etc, deben siempre responder a la necesidad de comunicar con exactitud                                  una idea.  
3.      Precisión: hay que ir al punto, sin rodeos. La monición no puede perder tiempo divagando las
las ideas. Tiene que hablar de lo que va a hablar y punto. Quien redacta moniciones aprende mucho sobre la economía de las palabras y el buen uso del lenguaje.


4.      Creatividad: porque no se va a hablar directamente de lo que el texto dice, sino con imágenes,                       haciendo referencias o utilizando comparaciones. No se trata de decir lo que el texto va a
hablar. Se trata de llamar la atención, de despertar el interés, sin necesidad de hacer mención al texto en sí.
Y aquí otra cuestión muy importante: una cosa es leer las moniciones y otra muy distinta elaborarlas.
Es por demás evidente que en la mayoría de los casos es una persona la que elabora las moniciones y otra distinta la que las lee durante la misa. Y esto tiende a crear un grave y frustrante problema (vaya que lo digo por experiencia): la traición a la buena monición. Y lo digo así para manifestar claramente que la intención de quien elaboró la monición fue una y otro el resultado de quien la leyó. Me explico con ejemplos:
·        La mala (a veces pésima) lectura de la monición. Cuando el monitor no tiene en cuenta los signos de puntuación, por ejemplo, entonces es fácil quitarle el espíritu al texto de la monición. O no sabe darle intensidad, brillo, pronunciación, a la lectura de la monición. Es una realidad: no todos están preparados para leer en público, y tampoco todos están preparados para leer moniciones en misa. En mi experiencia, me llama mucho la atención encontrar buenos  lectores más entre los jóvenes…  y los ancianos. Vaya que he escuchado magníficos lectores en personas de la tercera edad.
·        Lecturas rutinarias o carentes de espíritu. Se trata sencillamente de leer “sin alma, vida y corazón”. Se lee, pero no se da vida al texto. Esto es un asesinato a sangre fría de la monición.
·        Añadidos al texto de la monición. Definitivamente, los humanos somos desconfiados o rutinarios, y si no encontramos palabras o expresiones que ya nos son acostumbradas tenemos por fuerza (a veces inconscientemente) que añadirlas. Cuando se toman en cuenta las características de la buena monición que mencione antes, se cae en la cuenta de la inutilidad o futilidad de expresiones que ya nos son comunes:
-En la siguiente lectura…: ya sabemos todos que es la lectura que sigue.
-La 2da lectura…: si acabamos de escuchar la primera lectura, ¡ya sabemos que la sigue es la segunda!
-El evangelio que escucharemos…: ¿verdad que ya sabemos que lo que escucharemos a continuación de la segunda lectura será el evangelio?
-San juan (o el evangelista que sea) nos dirá en el siguiente texto: esto es para mí un maravilloso ejemplo de quien no tiene qué decirnos y rellena el espacio con este tipo de expresiones.
-Escuchemos con atención: ¡es que para eso es la monición toda!, para animarnos a escuchar con atención.
Y como estas, varias más. Y tan acostumbrados a ellas que si el buen redactor de moniciones no las ha escrito, el mal lector de moniciones a la fuerza (o por inercia) tiene que añadirlas. Madre santa de Dios!!!
Pero bueno, ya es hora de finalizar. Y lo haré volviendo a recordar lo escrito en “Apostoloteca”: más que con una multiplicación de moniciones, se sirve mejor a la Palabra de Dios con una adecuada proclamación (humana y espiritualmente hablando) de la misma Palabra durante la misa.
Lo que jamás hemos de olvidar es que las moniciones solo importan en cuanto que están al servicio de una mejor atención y comprensión de la Palabra de Dios. De igual manera que la liturgia está al servicio de la adoración a la gloria de Dios. Ni la liturgia está centrada en la obligación de ser  llamativa y entretenida, ni las moniciones deben quitarle relieve a la escucha de la Palabra de Dios. Amén… 

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